Cambio de foco: desigualdad, instituciones y elites

Javier González
Monday, 19 May 2014

El debate público ha cambiado definitivamente. No hay vuelta atrás. La centralidad que ha adquirido la desigualdad en el debate público no es un fenómeno exclusivo de nuestro país. Tampoco lo constituye la creciente demanda de la ciudadanía, organismos internacionales y gran parte de la comunidad académica por impulsar políticas redistributivas más efectivas. Esta tendencia se observa claramente en el resto de América Latina, Estados Unidos y Europa.

En el campo de la economía ha resucitado Keynes, se han renovado Krugman y Stiglitz, y emergido Piketty. Incluso el Fondo Monetario Internacional se ha sumado a esta tendencia. En un reciente estudio (Abril, 2014) afirma que ‘sorprendentemente’ existe muy poca evidencia de los supuestos efectos destructivos que tendrían las políticas redistributivas sobre el crecimiento económico de largo plazo, concluyendo que  ‘la redistribución es generalmente benignas en términos de su impacto’ (FMI, 2014:4).

No cabe duda, el foco cambió. En el ámbito social, durante las últimas décadas, en Chile la atención estuvo puesta en gran medida en la superación de la pobreza absoluta, la focalización de los programas sociales, y la aplicación de mecanismos de mercado a los distintos ámbitos de la sociedad. Ahora, el foco del debate se ha ido trasladando hacia la desigualdad, la garantía de derechos sociales, y el desarrollo de políticas universales provistas mayoritariamente por el Estado.

No se olvida la pobreza, sino que se reconceptualiza como una expresión extrema de la desigualdad que persiste y golpea crecientemente a las sociedades de ingresos medios y altos.

Bajo este nuevo enfoque, el rol del ‘policy-maker’ también mudó. Ya no basta evaluar el costo-efectividad de los programas sociales(por deseable y necesario que esto sea), sino que se hace fundamental revisar con seriedad y modificar con determinación las instituciones económicas, sociales y políticas que originan y perpetúan las injusticias sociales. Tal como insistía el filósofo americano, John Rawls, ‘la justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento…No importa que las leyes e instituciones estén ordenadas y sean eficientes: si son injustas han de ser reformadas o abolidas’ (1971:17). Este es el espíritu que anima la reforma educacional. Busca sustituir la selección, por la diversidad; el financiamiento compartido por la gratuidad y el libre acceso; y el lucro de los dueños por el beneficio de la comunidad escolar. Una filosofía similar inspira la reforma tributaria y su intención de mejorar la equidad vertical y horizontal del sistema. En otras palabras, no se persiguen óptimos parciales, sino que se aspira progresivamente a alcanzar óptimos globales.

El objeto de análisis de la economía política y del debate político tampoco es el mismo. No se limita al análisis de las carencias de los más pobres, sino que también debe abarcar y evaluar los privilegios que ostenta el 10%, y especialmente, el 1% más rico de la población. Privilegios que en una buena proporción, como abogaría el sociólogo francés, Pierre Bourdieu, son heredados y legitimados gracias a distintos mecanismos institucionales que permiten transformar ficticiamente, ante los ojos de la sociedad, las ventajas familiares heredadas (capital económico, social, cultural y simbólico), en méritos personales, fruto del esfuerzo y talento innato.

El nuevo foco está en las familias que hacen que Chile esté sobre-representado en los rankings Forbes de riqueza. Pero este nuevo énfasis y especialmente la sugerencia de que existiría una elite privilegiada capaz de reproducirse en el tiempo, ha encendido los ánimos en los sectores más conservadores en Chile y en el mundo. Se denuncia una embestida ideológica en su contra, y rechazan dicha caricatura, encontrándola de mal gusto, teñida ideológicamente e inspirada en el resentimiento social.

Ante esta aparente polarización, cabe preguntarse: Primero, ¿es nuestra elite local excepcionalmente rica, según estándares internacionales? ¿o acaso, es esta acusación, meramente una exageración de quienes tienen una percepción ideológicamente distorsionada de la realidad chilena?. Segundo, ¿Es esta elite la ´misma de siempre´? ¿o en realidad, se trata de un categoría social que es ocupada por distintas personas en cada generación, según el talento de cada cual?. Tercero, ¿cuáles son las implicancias de la existencia de una súper elite para el desafío de la reducción de la desigualdad? ¿cuál es la implicancia de este hecho para la agenda política y legislativa de la próxima década en nuestro país? Intentaré responder estas importantes preguntas en mi próxima columna.

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